Fragmento capítulo 4 - "Bajo la piel del león"

Spoilers
En la medida de lo posible, se han elegido fragmentos que contengan pocos spoilers para el lector, pero lamentablemente, no están libres de ellos. Si quieres llegar a la saga sin conocer ciertos detalles... No sigas leyendo. Si continúas, irás descubriendo un poco el carácter de los personajes y tomando contacto con la narración de M.C. Sark.

BAJO LA PIEL DEL LEÓN
4ª entrega. Saga Amor y sangre.

Extracto capítulo 4 


"Desde un acceso lateral bajaron por escalera de servicio que accedía al garaje. Estaba totalmente vacío, a excepción de un pequeño utilitario que a Dante le pareció más una caja de cerillas que un coche.


El cochecito en cuestión era una edición limitada del Fiat 500 Abarth, el Cavallino 500 del que solo se crearon cien ejemplares destinados al mercado americano. Pintado de rojo Ferrari con bandas blancas, alerón trasero y el típico emblema del escorpión de Karl Abarth, el famoso diseñador austriaco que más tarde cambiaría su nombre por Carlo Alberto Abarth al nacionalizarse italiano.
Era como un coche de rally para jugar en el Scalextric.
―¿Vamos a ir ahí dentro?
―No hay mucho donde elegir. Esta casa solo la usa mi madre y este coche es el que ella conduce por la isla.
Dante notaba que el nerviosismo de Victoria iba creciendo, seguramente por compartir un espacio tan pequeño con él.
―¿Crees que cabré? ―preguntó intentando que sonase a broma.
Ella pareció relajarse por un breve instante y, mirándole de arriba abajo divertida y ladeando la cabeza, murmuró:
―No creo que puedas moverte mucho una vez dentro, pero no te preocupes, yo conduciré.
Lo que empezó como una broma se hizo realidad cuando descubrió que meterse en aquel coche no era tarea fácil, pero mereció la pena sentir que ella comenzaba a sentirse cómoda. Así que haciendo un poco el payaso y protestando cada movimiento, consiguió encajarse en el asiento del copiloto. A su lado, ella hacía verdaderos esfuerzos por no reírse. A pesar del confortable interior y de los mullidos asientos de cuero envolventes, el enorme hombre-león iba encogido y prácticamente llevaba las rodillas pegadas a su mandíbula.
Despacio, Dante, de momento te acepta. Se dijo para animarse. No hagas nada que le haga desconfiar.

Con el león a su lado, Vicky condujo con pericia por las estrechas callejuelas.
Era imposible ignorarle. El espacio interior se había hecho minúsculo con él dentro.
Al parar en el único semáforo del pueblo ella se atrevió a mirarle, pero aunque intentó hacerlo con disimulo, se quedó de nuevo embobada. Estaba muy guapo con sus vaqueros anchos y aquella camiseta de la selección neozelandesa que le habían traído desde Wellington para Jaume.
Menudo error, los All Blacks eran un equipo de rugby mientras que Jaume era jugador de futbol americano. Por eso no le había dado la camiseta en su momento y, después, ya no se la dio porque rompieron.
Siguió admirándole.
En él, la prenda quedaba un tanto ceñida y marcaba sus musculosos hombros y su pectoral. Aquella melenita rubia, la barba recortada… Victoria se dio cuenta de que estaba absorta cuando le pitaron desde atrás para que arrancase. La luz en el poste ya estaba verde.
Dante disimuló, pero sabía que ella le observaba.
Debía ser por la camiseta. Seguramente le traía recuerdos de su novio el deportista. No le había parecido apropiado ponerse una prenda que ella había comprado para su ex y había dicho que sí por compromiso. Pero cuando abrió el paquete y la vio, recordó un partido en diferido que había visto con Olivier en la televisión, donde la selección neozelandesa y la sudafricana se enfrentaban para ganar el torneo de «Las tres Naciones». Frente al aparato acribilló al francés a preguntas sobre las normas del juego y, tras contestarlas todas, el vampiro le explicó que el rugby era un deporte de villanos jugado por caballeros y, por todo eso, a pesar de sentirse un tanto «apretado», se la puso satisfecho.


Cuando llegaron la lluvia era fina e intermitente.
Vicky aparcó con destreza y salió rápidamente del coche, cruzó la acera y esperó al león bajo el porche. Dante logró desencajarse y salir del vehículo bajo la mirada atenta de la joven.
―¡Lo conseguiste! ―elogió Victoria con una amplia sonrisa―. Pensé que tendría que ir a pedir ayuda.
―Muy graciosa ―respondió él mostrándo la más sincera de sus sonrisas.
Ella esperó a tenerle a su lado para tocar el timbre y, cuando la puerta se abrió, lo primero que vieron fue la cara de Judith que, con una sonrisa traviesa, les invitó a pasar a su casa.
Al pasar junto a ella, Vicky le dijo:
―Estoy enfadada contigo, me dejaste sola con él y esas cosas no se le hacen a una amiga. Además, sé lo que estás pensando, puedo verlo, y quiero que borres inmediatamente la felicidad de tu cara.
Jud arqueó una ceja y contestó:
―No digas tonterías, nunca has estado más segura que con Dante a tu lado y… ¡ estoy deseando que «esto» lo vea mi madre!
Como si la hubieran invocado, Ana apareció en el pasillo y abrió sus brazos para achuchar a Victoria.
―¡Chiquilla! ¡Estas guapísima! Pero ¡cómo has crecido!
Tras besarle las mejillas se acercó para hablarle al oído.
―No me acostumbro a veros crecer, mi Jud con novio, y tú, ¡picarona! ―dijo pellizcando el moflete de Vicky―, te has llevado el premio gordo, mira que ligarte al italiano este gracioso que ha venido con mi niña.
―Ana, no…
―Menos mal que por fin has dejado al orangután de Jaume. ¡Con lo guapa que tú eres! No sé qué hacías saliendo con ese cromañón.
―Ana…
―¡Pasad, ¡pasad! Falta un último invitado que debe estar al llegar. Enseguida nos sentamos a la mesa.
¿Último invitado? Pensó Jud. ¿A quién estamos esperando?